martes, 11 de diciembre de 2012

INTRO.

Tuve una infancia bonita. Mi primer recuerdo es cuando nació mi hermano. Yo tenía dos años y medio. Casi nadie me cree cuando digo esto, pero sí lo recuerdo. Recuerdo que mi papá me llevó por unas gomitas a la cafetería, y como por arte de magia cuando volvimos al cuarto donde estaba mi mamá, una cosa muy fea y roja estaba en una cuna, al lado de su cama. "Dale un beso a tu mamá" dijo mi papá, y muy obediente fui a darle su beso. Mi mamá empezó a llorar, y yo me asusté mucho, porque pensaba que era mi culpa. Señaló a mi hermano, como para que me asomara a verlo, y para no hacerla llorar otra vez, me acerqué. Sonreí, pues era una niña lista, y  sabía que si lo hacía todos iban a estar contentos, pero no me gustaba aquel niño; estaba muy feo, chiquito y rojo.
Mi abuela tenía una tienda de ropa en su casa, y ella me dejaba jugar a la vendedora cuando no había gente. Le hacía shows en su jardín, y cantaba con la manguera como micrófono. María, la que trabajaba en casa de mi abuela, y yo, siempre íbamos al jardín de atrás a cortar mandarinas. Me dejaba regar el jardín, recogíamos las ciruelas que se caían del árbol más grande del mundo (según mis ojos) y me dejaba ayudarle a hacer las enchiladas. 
Íbamos muy seguido a esa casa, y casi toda mi infancia la recuerdo ahí, como si fuera también mi casa. Recuerdo el olor a libros viejos, al perfume de mi abuela impregnado en las sábanas cuando me quedaba a dormir, y jugar a que era bruja con mi hermano y "volar" por toda la casa con la escoba entre las piernas.
Todos los años íbamos a la cabaña del tío Ángel, en la sierra de Durango. Yo y mis primos íbamos al río a atrapar ranas y culebras, y las llevábamos a la casa gigante de muñecas que habíamos convertido en laboratorio para disecarlas. Después fuimos a la cabaña de la tía Marta, que era un poco más grande y divertida. Ahí jugábamos mucho a las escondidas de noche, e íbamos a las vías del tren abandonadas a contar historias de miedo. Hasta que nos cambiamos a la cabaña de la tía Ana, que es a la que sigo yendo. 
Cuando era Navidad, mis papás me llevaban por todo Torreón Jardín a ver las luces que adornaban las casas, y en Noche Buena nos sacaban a mis primos y a mí a mirar el cielo por si veíamos a Santa, hasta que les hablaban mis tíos y les decían que los regalos de éste ya habían llegado a la casa.
Con mis primos también hice muchas cosas. Hacíamos casas gigantes de colchones, y nos resbalábamos en rampas que hacíamos con éstos mientras veíamos Rocket Power. Comíamos cucharadas de aguacate y de Nutella mientras veíamos Barney, y hacíamos circuitos como una ciudad en el callejón con las bicicletas y las patinetas que teníamos. 
Pero crecí. Y aunque sigo teniendo muchas cosas de cuando era más niña, como que me gustan las luces de navidad, o que agarro las orejas de los demás, he pasado por muchas cosas, y he evolucionado.
Éste blog va a hablar sobre mis transformaciones. Tal vez alguien lo lea, o tal vez nadie lo lea. ¿Y qué más da?

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